viernes, 13 de febrero de 2009

Viajeros espirales I: La memoria de Basi


Empiezo hoy una serie de historias de vida, que publicaré una vez al mes. Personajes extraordinarios con vidas extraordinarias, agrupados bajo el epígrafe de "Viajeros Espirales".

Quiero empezar esta serie con la historia de Basi, una niña de la guerra que nunca perdió el amor a su país. Sólo vivió en él 12 de sus 84 años.

Basilisa Albarrán García (La Reineta, Bizkaia, 1924) fue una de esas personas íntimamente embarcadas en las circunstancias de su país. Estalló la guerra civil en España en 1936 y su familia, como la de miles de niños, la envió a Rusia temporalmente. La idea inicial era alejar a los niños de la contienda, evitar la tragedia, lograr que sobrevivieran.

"Mi mamá trabajaba mucho pero, pese a la guerra, yo era feliz en el pueblo. No nos faltaba de nada. Bilbao empezó a sufrir muchos bombardeos. Y mi familia, con mucho esfuerzo, nos envió a mí y a mi hermana a Rusia por un tiempo", explica.

Pero Basi no regresó. El traslado a Moscú fue la primera estación de un largo recorrido de años. Crimea, Kiev, Stalingrado, nuevamente Moscú. "La infancia en la Unión Soviética la pasamos bastante bien, jugando, estudiando y de fiesta en fiesta. Nos querían mucho. Eso sí, cuando nos quedábamos sólos, nos acordábamos de mi madre, y nos poníamos tristes", añade.

A Basi le tocó vivir la Segunda Guerra Mundial cerca del frente ruso-alemán. En más de una ocasión tuvo que robar comida para subsistir. Siguió su éxodo en el interior de la entonces Unión Soviética. "Donde íbamos, nos cuidaban", incide. Finalmente la guerra acabó y Basi fue enviada a Moscú para ayudar, como profesional, en la reconstrucción del país. Trabajó en una fábrica en las afueras de Moscú, y allí conoció a su marido. "Nos enamoramos, me casé y tuve tres hijos", sentencia tímidamente.

En 1956, Franco empezó a abrir puertas a los niños de la guerra. Basi y su hermana pidieron un permiso para regresar, pero a ella se lo denegaron. Finalmente respondió a un ofrecimiento de Cuba, donde la Revolución le dió un permiso temporal de traductora, que se volvió definitivo.

Pese a tantas calamidades, Basi logró ser feliz y encontrar su lugar en el mundo. Desde hace más de 40 años vive en La Habana. Hoy, como antes hicieron con ella, aloja a una familia cubana en su casa.

Basi volvió a España. El gobierno aprobó un programa de vacaciones que permitía volver gratuitamente a los exiliados jubilados. "Ahora regreso cada año a España por un mes o dos. Pese a todo, aún la añoro. Y toda la vida la voy a añorar", sentencia.

Quería dejaros aquí un testimonio grabado de Basi, pero el sistema no me deja (una pena!). Cuando lo logre, lo subiré, es bonito oir su vida en primera persona. Gracias a Marisa Benito (en la foto, arriba, segunda por la izquierda), por su apoyo, su trabajo periodístico en La Habana y por hablarnos, entre café y café, de gente extraordinaria, como Basi.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El encanto de viajar no son los paisajes ni las carreteras secundarias, sino las personas con las que te encuentras en el camino.

Te animo a que nos cuentes historias de vida, como la de Basi, historias de esas personas que hacen Historia.

Decía Manu Chao en una entrevista algo así: me gustan las carreteras secundarias, los caminos de montaña, donde la gente se cruza, se para y se habla.

Besos,

Berta

fernusan@gmail.com dijo...

Los recuerdos de países son siempre de personas, a menudo los lugares a los que tienes cariño con aquellos en los que compartíste algo.

Recuerdo un viaje a Cuba. Un grupo de brigadistas tenáimos día libre en La Habana. Pasé 6 horas sin moverme del mismo metro cuadrado, en el Malecón. Me perdí las vistas del atardecer, pero recuerdo perfectamente a la gente con la que compartí un pollo y una cerveza intragable entre risas.